Una historia valiente, AA

Una historia valiente, AA

En la voràgine de escribir acerca de lo que a uno le apasiona, a veces se pierde cierta perspectiva o se olvidan aristas oscuras que existen y existiràn por siempre. Al igual que sucede con tantas otras cosas que generan placer, el exceso lleva indefectiblemente a problemas que pueden afectar la vida de un individuo y su entorno. Ya reza el dicho popular que “lo poco agrada y lo mucho enfada”, aunque aquì màs que enfado estamos hablando de la chance real de arruinar la vida propia y la de otros.

Creo importante que aquellos que comunicamos sobre diferentes bebidas alcohòlicas no olvidemos de abogar siempre por el consumo responsable. No sòlo en cuanto a no manejar si se ha bebido o de compartir alcohol con menores, sino del exceso reiterativo en el consumo, la adicciòn y las terribles consecuencias de ello.

Si estàs leyendo o siguiendo esta pàgina serà porque el tema de las bebidas te interesa. Seguramente estès pensando que nunca te va a pasar, que nunca perderàs el control. Seguramente todos los que lo perdieron alguna vez pensaron exactamente lo mismo. El protagonista de esta historia por lo pronto lo pensaba.

A travès del mundo hay personas que son lo suficientemente valientes para reconocer la existencia de un problema y pedir ayuda al respecto. Me interesa de sobremanera el compartir con ustedes una de esas historias de vida. Creo que vale la pena leerla, ya sea para estar pendientes de nosotros mismos o para poder ayudar a alguien de nuestro entorno que lo precise, porque nadie, nadie està libre de que le suceda.

Fui hasta Alcohòlicos Anònimos para conversar con un caballero de 72 años, alcohòlico, con 33 años de sobriedad. Por su expreso pedido mantendrè su nombre en reserva, pero para comodidad de la redacciòn y la lectura le llamaremos Raùl (nombre que èl mismo eligiò).

Al llegar a la sede central de Alcohòlicos Anònimos, ubicada en Salto 1291 esquina Constituyente, lo primero que Raùl me dijo señalando el edificio fue “esto me salvò la vida”. Raùl vio en su padre los devastadores efectos del alcohol, al punto que cuando tenìa 10 años, uno de sus hermanos mayores decidiò enfrentar a su padre y echarlo de la casa ante reiterados episodios de alcoholismo y violencia familiar. Jurò y perjurò no caer en la misma situaciòn, pero asì fue. A los 18 años comenzò a tomar y lentamente fue perdiendo el control.

Las cosas no vienen solas, yo adquirì la adicciòn al alcohol y terminè internado cinco meses en el Saint Bois con un problema pulmonar. No comìa, porque el alcohol tiene eso tambièn, te quita el apetito y sòlo te interesa tomar y tomar. Entrè con 48 kilos al Saint Bois, y habìa dejado, no tenìa este programa pero habìa dejado. Salì y empecè de nuevo. Me echaron por borracho luego de trabajar trece años en una fàbrica de chacinados.

Entrè en otra fàbrica del mismo rubro y el patròn, al que le voy a estar agradecido de por vida hasta que me pele, me dice: “Raùl, venì, sos un buen muchacho, un buen laburante, pero si seguìs asì te vamos a tener que echar”. Me dio un papel para que me una al programa. Dejè un viernes, me presentè un domingo a un grupo y nunca màs tomè. Terminè trabajando 30 años en esa fàbrica, jubilàndome allì.

Me intergrè en diciembre del 81, mirà que fecha. Para el alcohòlico diciembre es un mes complicado. El borracho aprovecha todos los momentos para tomar, por tristeza o alegrìa. Si estàs triste no hay necesidad de tomar, pero el alcohòlico encara la vida por ese lado, a mì me pasò. El alcohol te maneja. Despuès de tomar tres o cuatro sos otra persona, si vienen dos personas màs conocidas, ya no son esas cuatro que tomaste, por eso hablamos de la adicciòn. Vos decìs “me voy a tomar un copetìn y vuelvo”, pero si sos alcohòlico quedate tranquilo que no son una, ni dos, ni tres. Si puede ser medio litro o un litro igual.

Yo convivìa con mis hermanos y mi madre. Recuerdo que mi padre pagaba primero las cuentas del boliche o lo que fuere y nosotros comiendo gofio con agua. El alcoholismo destruye la familia, porque todo el entorno del borracho se enferma emocionalmente. Vamos a suponer que convivìs con alguien a quien querès pero no la bancàs màs, ¿còmo hacès? Mi madre despuès venìa al cuarto y me decìa “Raùl, no tomès màs, mirà que cuando yo no estè tus hermanos te van a echar”, pero mi madre no me iba a echar.

Despuès de entrar acà me terminè casando, conseguì un apartamento y mi madre se fue de este mundo sabiendo que yo estaba bien. Conociò el apartamento y no sabès que lindo que es que tu madre que te vio en la lona, ahora te vea bien.

Cuando me decìan que tenìa un problema no lo aceptaba, el alcohol ahì es amigo de uno, te lleva de la mano y no te das cuenta, lo mismo pasa con la timba por ejemplo.

Cuando dejàs tenès que luchar contra todo, contra el descreimiento, contra el entorno. El alcohòlico va dejando una huella, un camino de heridas difìcil de cerrar. Porque el alcohòlico es muy de ofender, de herir con la lengua. Uno se enoja cuando le vienen a decir algo y responde “a vos que te importa si estoy tomando con mi plata”, y eso no es asì. Uno aprende acà adentro que uno no toma con su plata, estoy tomando con la plata con la que deberìa pagar el alquiler, las cuentas. Si tenès hijos peor, le estàs quitando la leche de la mesa para pagar la bebida.

El alcohòlico deja de ser creìble, no sirve para nada. El alcohòlico sufre, por ejemplo estuve detenido por ebriedad y no sabès lo que es cuando te estàs refrescando y reaccionàs en el calabozo y pensás “què estoy haciendo acà, tendrìa que estar trabajando”. Te quedàs sin argumentos, no te podès ocultar con los amigos, con la familia, con nada.

Nosotros decimos que hay tres etapas del alcoholismo, la del payaso, cuando el alcohòlico empieza a tomar y es todo alegrìa. La etapa del tigre ya le empieza a molestar todo y la etapa del chancho, con un completo abandono de uno mismo.

Al momento de preguntarle si està sano, Raùl es contundente: “no, lo peor que podès hacer es decir que estàs sano, somos alcohòlicos y no debemos tomar. Podemos, pero no debemos. Cobro jubilaciòn, no tengo compromisos, pero no me voy a destruir otra vez… El alcoholismo no se cura, se detiene”.

Con respecto a edades, clases sociales y niveles educativos, hay absolutamente de todo. Con respecto a los adolescentes “les parece que les queda mucho por vivir, pero no de esta manera”.

A los que vienen les damos un abrazo, un mate, un cafè. Los hacemos sentir còmodos, porque ya vienen con la roja o la amarilla de la casa, los estàn por echar o los echaron directamente. Del alcoholismo no se sale solo, no tenès suerte. Si no salìs en un grupo no salìs.

Como decìa màs arriba, ninguno està libre de que esto le suceda, o de conocer a alguien que estè en esta situaciòn. Si llegado el caso se precisa ayuda, pueden llamar al 2410 4592 y consultar por las decenas y decenas de grupos que estàn repartidos por todo el Uruguay, o entrar en la web alcoholicosanonimos.com.uy y responder 12 preguntas. Si hay cuatro o más respuestas positivas, probablemente estemos ante un problema, del que se puede salir. Como dice Raùl, “la bebida està para tomarla, pero con moderaciòn y sin adicciòn”.

La imagen que ilustra esta nota es tomada de emaze.com.