De ombùes y duendes…

De ombùes y duendes…

Alto los pobres de corazòn, fuera los escèpticos y los que buscan explicaciòn a la magia. Esta historia es para aquellos que vemos en cada copa de vino mucho màs de lo que puede escribirse o decirse, para quienes creemos en este tipo de alquimia que nos convoca dìa a dìa alrededor de una mesa con la familia, amigos y recuerdos. Dos leyendas se entrelazan para dar marco a la historia de una bodega.

Cuentan que cuando la madre naturaleza estaba creando los àrboles, le preguntaba a cada uno què caracterìstica querìa tener. Algunos eligieron colores hermosos, otros frutos dulces y jugosos, algunos solicitaron madera fuerte, pero el pedido de uno de ellos se destacò.

A èl no le interesaba ser un àrbol en realidad, pero querìa dar sombra y refugio. No querìa tener madera que pudiera ser usada para construir ataùdes, palos o cruces. No querìa tener frutos, pues apaciguarìa el alma de otra manera. Èl querìa tener una sombra donde los hombres se protegieran del sol y la lluvia, un gran enramado que permitiera salvarse de las inundaciones y raìces profundas que acumularan agua. Asì fue que naciò el Ombù, una gran hierba que muchos confunden con un àrbol, que sirve de refugio y señal en las grandes llanuras.

Gracias a su madera muy ligera y herbàcea, es permeable a las esperanzas de la gente, y gracias a su sombra es refugio de sus sueños vespertinos al abrigo del sol abrasador. De todos los ombùes que visten nuestro paìs, esta historia es de uno en particular, que alberga y refugia los sueños de varias criaturas y especialmente de dos familias, o tantas màs, dependiendo còmo se vea.

A unos kilòmetros del mar vivìa una familia gallega en un campo coronado por este gran ombù. Se corriò la voz de que entre sus raìces ocultaron un gran tesoro. Entonces, apenas esta familia se ausentò, la gente tomò palas y buscò desesperadamente, sin poder encontrarlo. Quienes sabìan dònde estaban eran ùnicamente la familia, que ya no podìa indicarlo y una serie de criaturas màgicas de la zona que veìan con tristeza como los viejos habitantes del lugar ya no estaban y llegaban todos los dìas personas de corazones oscuros. Las criaturas se reunieron en el monte muy temprano y decidieron sacar el tesoro para que nadie se hiciese con èl. Lo harìan esa misma noche.

Pero ese dìa todo cambiò. Llegò una nueva familia màs interesada en la tierra que en el oro, deseosa de poder trabajar con amor, respeto y orgullo la tierra que la familia gallega dejò atràs. El ombù lo supo y se lo contò a las criaturas del lugar. Esa noche, apenas los nuevos moradores apagaron las luces, todo el campo se iluminò. Un travieso pero bondadoso duende, de esos que cada vez se encuentran menos debido a la pèrdida de hàbitat, asì como a la madurez mal entendida, comandò un ejército de hadas con una misiòn. Debìan diseminar el tesoro por el campo, convirtièndolo en una tierra muy rica. No en el sentido contable, pero sì de una forma que se pudiera evaluar, sentir y palpar. El verdadero tesoro se convertirìa entonces en la tierra misma donde el ombù enterraba sus raìces, una tierra rica y expectante por dar su potencial a aquellos que la respetaran y la cuidaran con el mismo amor que sus primeros dueños. Las hadas enterraron una por una las monedas, para que lo que allì naciera, tuviera un valor que fuera màs allà del entendimiento. El tesoro se convirtiò entonces en los campos que el ombù llegaba a ver desde su copa, con un valor que influirìa no sòlo en el sabor de lo producido, sino tambièn en lo que sintiera la gente al compartir ese producto, algo asì como un llamado desde lo profundo de la tierra.

El llamado fue atendido por esta familia que dedicò sus vidas al cuidado y respeto del lugar, generando algo que fuera partìcipe de festejos, brindis, añoranzas y recuerdos. Las hadas que aùn resisten el embate de la modernidad, y el duende, que ya peina canas pero mantiene su sonrisa, estaban orgullosos de su acciòn y cada noche conversaban con el ombù acerca de la nueva familia.

Pero un dìa, sin aviso alguno, un rayo quebrò la oscura noche y dio de lleno en el ombù, desparramando en la tierra los sueños y esperanzas. Fue desde las cenizas que un dìa, parecido a cualquier otro, por obra del destino, del duende y las hadas que quedaban, de quienes desde arriba siguen velando por esas tierras, o de todos ellos juntos, el ombù resurgiò con màs vitalidad que nunca.

Hoy la familia sigue velando por esa tierra y sus frutos, rindiendo homenaje a todos los que alguna vez (hombres y criaturas del bosque) descansaron bajo ese ombù para guarecerse del sol en las largas jornadas de trabajo del campo, embotellando parte de ese tesoro que algunos buscaron con picos y palas, y que se disfruta en cada vaso, cada copa, cada brindis. Esa es la historia de este ombù.

El duende sigue visitando al ombù en las noches, para brindar con èl y con quienes hoy no estàn, a la luz de una moneda muy especial que se guardò, sabiendo que como siempre pasa, esta leyenda recièn comienza.